Con Urruchúa, el guiador

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Esta señora que viaja ochocientos kilómetros … comenta el maestro en la clase cada vez que llego para mostrarle mis trabajos. En realidad, para ”esta señora” no representa un sacrificio llegar desde Bahía Blanca con su rollo de pinturas ya que ello le permite seguir avanzando por el “largo y difícil camino hacia la pintura, hacia su expresión personal” como él siempre dice. Y no se equivoca.

Conocí a Urruchúa en los años sesenta cuando vino a Bahía Blanca, mi ciudad, invitado por la Universidad del Sur a dar una charla y nosotros, un grupo de aspirantes a pintores que todas las semanas nos reuníamos para dibujar ¡y con modelo desnudo! lo invitamos a nuestro taller para mostrarle qué estábamos haciendo. El primero de los allí presentes colocó su trabajo en un caballete y todos quedamos expectantes ante su silencio, aún ignorando lo que nos aguardaba escuchar de esa persona aparentemente serena y de mirada profunda. Luego, pausadamente, comenzó a hablar. Para nuestra sorpresa nada dijo sobre la pintura que tenía delante y durante más de una hora expuso sus conceptos con voz clara y gran convicción. Nos habló de la vida, del amor, del ser humano, del verdadero sentido del arte. Personalmente nunca había oído hablar de esa manera y sus palabras produjeron en mí un impacto tan grande que durante tres noches enteras no pude dormir pensando en las palabras que cambiarían luego el curso de mi vida dándole un verdadero sentido.

Aquel día con asombro pudimos apreciar cómo con su mirada podía penetrar en nuestros trabajos y a través de ellos no sólo descubrir rasgos de la personalidad del autor sino situaciones por las que estaba atravesando. Cuando llegó mi turno, le mostré un paisaje con figuras tomado en el mercado central. Recuerdo que demostró cierto interés, de manera que me animé y le pregunté si podría asistir a sus clases. Es así que comencé a transitar el “largo y difícil camino” por largos años, realizando viajes cada dos o tres meses a la capital, subiendo con mis trabajos la vieja escalera de hierro que conducía a su taller, sintiendo temor, ansiedad por saber cuáles eran mis tropezones.Y luego, regresaba a mi ciudad contenta a veces y otras inquieta por alguna de sus observaciones, pero siempre sintiéndome guiada y con renovadas energías para seguir pintando. Cuando por alguna razón no podía viajar ya que por aquel entonces estaba casada y tenía dos niños pequeños, despachaba el paquete con mis estudios a Carlos Calvo 1770, la dirección de su taller, y el maestro me escribía cartas con indicaciones pero siempre estimulantes, cartas que conservo como un tesoro.

En la soledad de mi taller, inmersa en los cartones de estudio, es donde analizaba los conceptos de Urruchúa, la manera en que relacionaba el arte con todos los aspectos de la naturaleza humana, principios que tanto influyeron en mí y que despertarían mi fervor en la Pintura. Pensaba en sus palabras que luego nos legaría en sus memorias “todo lo que conceptuamos o presentimos no aparece milagrosamente en nosotros, sino mediante un penoso proceso de elaboración que se llama trabajo. Y entonces sentía el compromiso de trabajar fuerte.

Entrar por primera vez a su clase era como entrar a un templo. Respeto y silencio absoluto reinaba dentro de ese espacio precario pero lleno de misterio, con las paredes cubiertas de extraños objetos donde el personaje central era La Manuela, una lechuza embalsamada y adosada a la pared que el maestro decía, con mirada pícara, era quien le transmitía todo lo que pasaba en nuestros corazones. Sentado en su desvencijado sillón frente a una clase siempre numerosa nos repetía constantemente yo no enseño  a pintar”, “no se puede enseñar a sentir”. Por supuesto que no, Urruchúa nos daba lecciones de Arte y Vida al desarrollar la personalidad de cada uno de sus alumnos. Y no sólo nosotros asistíamos a sus clases sino también escritores, periodistas, gente de teatro, concurrían interesados en escuchar sobre la nueva manera de encauzar la vocación artística. 

–Hola, ¿maestro? –pregunta la señora que viaja ochocientos kilómetroscuando llega a Buenos Aires  –¿Puedo ir a verlo? me fue imposible llegar para su clase.  –Si, por supuesto  –contesta el maestro –aquí la espero. Y allí corre ella a reunirse con su maestro/guía para mostrarle sus nuevos estudios y en la penunbra del taller contarle algunas de sus vivencias y escuchar respuestas sencillas pero profundas. Y cuando el guía/amigo le transmite experiencias y conversan de temas actuales, el diálogo se torna cálido, ameno. Pasa el tiempo, y una tarde de sábado antes de abrir la antigua puerta y recorrer el largo pasillo hacia su taller, se encuentra en la vereda con compañeros que le dicen no habrá clase, el maestro está enfermo. Luego, en Bahía Blanca, oye el reportaje que le están haciendo, su voz  ya no es la misma, ha perdido el vigor, la fuerza, no puede seguir escuchando y apaga la radio. Poco  después se entera con gran tristeza que su voz se apagó para siempre. Su padre espiritual ya nunca sabrá de su dolor durante la dictadura militar, de su hija desaparecida, de la pérdida de su hijo, pero ella sobrevive gracias al importante legado que le dejó el guiador, las herramientas que le permiten extraer sus sentimientos de lo más profundo de su ser y volcarlos en la tela.  ¡Gracias Maestro!

Raquel Partnoy

Washington, enero de 2012

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* Foto con el maestro en una de mis primeras exposiciones en Buenos Aires.

 

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