De la mano de José Saramago

Baltasar y Blimunda: una historia de amor y fe durante la Inquisición

Camino con mi amigo José por las calles de una Lisboa cubierta de sangre. Sin embargo, hoy es un día de júbilo en esta ciudad donde todos sus habitantes vistiendo sus mejores galas domingueras salen de sus casas y descienden en procesión por las callejuelas rumbo a la Plaza de Rossio donde apretadamente se concentran para presenciar el gran espectáculo. Ciento cuatro hombres y mujeres sufrirán condena de exilio o muerte. “Y el pueblo festeja este acontecimiento al igual que si se tratara de una corrida de toros” –me dice José. Vemos que se aproximan judíos conversos, herejes, hechiceros, y brujas todos portando velas. También vienen mujeres culpadas de prostitución, sodomía, abuso, o blasfemia; a algunos les espera el exilio, a muchos la hoguera que ya están preparando afanosamente.

El calor es sofocante pero ésto no impide que nos entremezclemos con el populacho para ir apreciando de cerca algunos de sus personajes. Y escuchamos a Blimunda, una joven de ojos tan profundos que todo lo pueden ver, que murmura angustiada: allí va mi madre. Si, allá está Sebastiana, un cuarto judía conversa, acusada de tener visiones y revelaciones, de escuchar voces y a quien el Tribunal de la Inquisición antes de deportarla hará que la azoten públicamente por realizar trabajo para el diablo y faltar respeto hacia Dios. Vemos que Sebastiana busca desesperadamente a su hija entre la muchedunbre y la ve acompañada del Padre Bartolomeu Lourenco pero sólo la mira furtivamente para que los inspectores no la descubran. José me cuenta que Blimunda posee poderes extraordinarios para penetrar dentro de las personas y conocer sus deseos y sueños. Pero ella trata de contener sus lágrimas pensando que no volverá a ver a su madre y disimulando su angustia le pregunta al joven que está parado a su lado cómo se llama y él le responde espontáneamente, como si reconociera que ella tuviese el derecho de saber: Baltasar Matheus, conocido por Siete Soles.

En frente de las fogatas los concurrentes toman sus limonadas, comen rodajas de sandía y danzan alegremente mientras se realizan las ejecuciones. El rey Juan V con su séquito y todo su esplendor también está presente pero él,  luego de mirar todo,  ya está regresando a su palacio en su lujoso coche tirado por seis caballos y escoltado por la guardia real. Tiene que prepararse para asistir luego al gran festín en el palacio  del Inquisidor donde se están preparando todas las exquisiteces imaginables y los mejores vinos para celebrar los acontecimientos del día. También el público, con la fe renovada, se encamina de regreso a sus casas, llevando tal vez en la suela de sus zapatos las cenizas de los cuerpos incinerados.

Triste y callada va Blimunda camino a su casa, a su lado el Padre Bartolomeu Lourenco, el Padre Volador. Así le llaman por sus sueños y su pasión por volar y, como luego nos enteramos, esta vez será en La Passarola, su nuevo invento. Cuando entran a la casa Blimunda deja la puerta abierta para que también entre Baltasar que viene caminando unos pasos detrás de ellos, siempre hipnotizado por la hermosa figura de Blimunda de quien ya no podrá separarse. No será necesario que medie alguna explicación entre los dos porque también Blimunda se siente atraída por Baltasar, un joven recien regresado de la guerra, de donde fue descartado porque tuvieron que amputarle su mano izquierda debido a heridas recibidas en una batalla y que pronto usará un gancho de hierro que le permitirá trabajar. Pero el Padre Bartolomeo lo contrata para trabajar en la Passarola y lo nombra su “mano derecha”.

El padre Bartolomeo le encomienda a Blimunda, Siete Lunas como él la bautiza, una tarea que sólo ella con sus dotes extraordinarias para entrar dentro de la gente, puede realizar. Tendrá que recolectar los deseos y sueños de dos mil personas y guardarlos dentro de un frasco color ámbar, para que con la luz no se disipen. Ese será el combustible que necesitará la Passarola para volar y milagrosamente vuela!

Raquel Partnoy – Washington, Mayo de 2012

……………………………Diseño de La Passarola

“La gran desgracia del padre Lourenço quizás fue el estar demasiado adelantado a su época y paradójicamente, la iglesia, a la que el pertenecía como Jesuita, fue la que hundió y enterró sus esperanzas de seguir adelante con su gran sueño. Primero el  papa Inocencio XIII, que no tenía en muy buena estima a los Jesuitas, y más tarde incluso la Santa Inquisición, reprendieron al padre Lourenço por el manejo de sus globos, pues en sus enigmáticas ascensiones estos veían la mano oscura del diablo. Bartolomeu Lourenço de Gusmâo incluso se vio obligado a salir de Portugal y falleció en España, enfermo y abatido, en el año 1724.”

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