Dialogando con Anna Akhmatova

Anna Akhmatova

Anna Akhmatova

Pienso que los encuentros a veces no son casuales. Y allí estaba yo, sentada en una pequeña banqueta que hallé desocupada en una librería local, dialogando con Anna Akhmatova. Es increíble la fuerza que adquieren las palabras cuando son expresadas en forma poética y ella hablaba con la emoción que sólo las vivencias confieren. No recuerdo el tiempo que estuve allí escuchando su voz que, si bien rememoraba épocas muy lejanas me hacía estremecer como si  mencionara hechos recientes.

Aunque había oído hablar de ella no pensé encontrarla ese día y menos aún que el silencio y la quietud de esos momentos me permitieran hacerle preguntas que tal vez llevaba guardadas durante mucho tiempo.  Impaciente quise saber cómo vivió esos años, porqué no huyó del país. Y ella me contestó que no pudo alejarse de su tierra, muchas cosas la ataban a ella.

Luego recordó su pesadilla en el año 1940, en vísperas del año nuevo, cuando después de encender todas las velas de su casa esperaba la llegada de visitas. Me contó de su desmesurado terror al oir el llamador de la puerta golpear insistentemente con fuerza y ver entrar, uno a uno como espectros, a muchos personajes entre ellos sus amigos. Una mascarada de fantasmas escapados de sus tumbas. Su fría sensación en la piel,  se sentió piedra, hielo, fuego . . .  al recordar sus memorias del año mil novecientos trece cuando todos ellos todavía vivían. ¡Qué horrible!  Murmuré casi sin darme cuenta y recordé a mis padres que precisamente ese año huyeron de Rusia por la persecución del Zar a la población judía. Antisemitismo acentuado en ese entonces con el juicio del gobierno del Zar a Mendel Beilis, acusado falsamente de haber asesinado a un menor por rituales religiosos de Rosh Hashanah.

A través de sus comentarios noté que ella amaba y a la vez odiaba a su país, el que por ese entonces  festejaba esplendorosamente su tercer centenario de cruel dinastía Zarista, y su voz temblaba con las palabras miseria, corrupción, muerte.  El  padecimiento sufrido con su hijo en prisión por tantos años y luego persecución y su propio encarcelamiento durante el Stalinismo.

Caminamos, la invité a tomar un café, me recitó su poema Requiem por todos los asesinados durante los tiempos de discriminación y despotismo. Mientras escuchaba pensé que sus palabras, tan intensas y armoniosas, seguirían trascendiendo tiempo y distancia con la fuerza que dan los espíritus libres ansiosos de justicia.

Raquel Partnoy




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