El Prólogo

 

En pleno invierno de 2004,  cuando a diario subía y bajaba escaleras en el metro de Washington, o caminaba las largas cuadras para llegar a la clínica donde me sometía a un tratamiento de radioterapia, comencé a oir como en un susurro palabras en inglés que se repetían con insistencia. A veces no sabía bien qué significaban de manera que apenas llegaba de regreso a mi casa sacaba de los estantes todos los diccionarios y enciclopedias en inglés, español y bilingües, y me sentaba con un borrador y lápiz para escribir las acepciones que allí encontraba. Al terminar mis treinta y tantas sesiones del tratamiento  encontré que ya disponía de una buena paleta de palabras. Pido disculpas por usar esta expresión pero debido a que, como pintora, todos los días estoy con mi paleta de colores a veces se me mezclan los vocabularios.

Les sigo contando que las palabras que escuchaba tenían distintas tonalidades, a veces eran claras como un murmullo de palomas, otras de tonos subidos con un dejo de humor, pero generalmente eran oscuras e imperativas. Una mañana no bien me desperté, aún en la cama, tomé  mi libreta de apuntes, un lápiz y con mi pequeña letra de imprenta casi automáticamente como si una extraña fuerza guiara mi mano boceté en inglés el primer poema de una narrativa para contar mis vivencias durante la dictadura militar en mi país.

Luego, en los días y meses subsiguientes me sentí tan obsesionada, o posesionada, que no pude pintar ni pensar en otra cosa sino en completar la serie de poemas que ya sumaban más de cien, por supuesto que siempre rodeada de todos mis diccionarios, ya que me debía  preocuparme  más por la gramática que por el contenido de lo que me estaban dictando esas voces ¿Quién o qué era lo que me empujaba? A veces pienso que podía haber sido mi abuela Rujel que era médium allá en Rusia, o tal vez alguno de los autores con quienes estuve comunicada leyendo y releyendo sus poemas durante más de tres años, Adrienne Rich,  Sylvia Plath, Oscar Wilde, Frost, Whitman, pero no creo, ellos seguirían estando muy ocupados continuando sus maravillosas obras en los mundos que habitaran, terrenales o no,  como para tomarse esa tarea.

Respecto a la traducción al español de esos poemas, fue una historia muy diferente. Hace unos meses se me ocurrió tomar algunos y pasarlos a mi lengua madre, bueno, a mi lengua de nacimiento ya que mi madre hablaba el idish y también sabía ruso pero no lo hablaba por el rencor que siempre sintió por Rusia debido a los pogromos que sufrió con su familia en la época del Zar, lo cual motivó  que emigraran a Argentina. La cuestión es que en la traducción al español  sí me preocupó más la temática que la gramática. No era igual para mí  escribir would they leave my daughter safe on the streets?  cuidando la estructura de la frase, que “¿dejarían ellos a mi hija libre por las calles?”, como tampoco lo era escribir make them disappear que  “hacerlos desaparecer”.  Cuando la memoria se transforma en imágenes ya sea utilizando colores o palabras la historia se hace presente, y esta historia duele.

 

Raquel Partnoy, 2010

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