Mi encuentro con Julio Cortázar


Julio Cortazar

Para entrar en el mundo de Cortázar es necesario estar predispuesto a jugar. No lo entendí así cuando leí Modelo para Armar y quedé afuera. Cuando llegué a Salvo el Crepúsculo, en las primeras palabras sentí el deseo de entrar, de “arrimarme”, como él bien lo dice, y ya no fue difícil seguir el juego que es como un rompecabezas de la vida misma.

Y Cortázar tiene su mandala, por supuesto que yo tenía que descubrir qué era su mandala, de lo contrario ¿dónde estaría el juego? Y él me explica que “su mandala aparece en las altas noches desnudas cuando está atado a su butaca de sábanas y almohadas”, “que le ayuda a caer en sí mismo, a colgar la conciencia allí donde colgó su ropa al acostarse”. Me habla de formas, de colores y en esas imágenes lo descubro. Tal vez porque en mis noches de insomnio, cuando nuestros hijos desaparecían o eran asesinados, de mis bocetos salían automáticamente los fantasmas que, estoy segura, no se hubieran animado a salir de día.

Y luego me cuenta que su mandala le trae “horribles secuencias de la dicha muerta, de un árbol en flor en Argentina, de la sonrisa de una mujer vedada a su ternura, de un muerto que jugó con él sus últimos juegos de cartas en el hospital” Y yo le digo cómo de esos bocetos que salieron en mis noches desveladas surgieron las series “Vivencias” y “Ropas” sin gente, por supuesto, porque la gente de esas ropas ya no existía. Y allí coincidimos, en que las imágenes que aparecen en la noche, se revelan y se fijan durante el día, como las fotografías.

Después abre una ventana y me invita a mirar la noche de sus amigas: reales, imaginadas, vivas o muertas. Todas vienen de un suavísimo papel y tapas de cera que una de ellas le trajo de Japón. Las veo diseñadas por su mano y su caligrafía. Danza, ríe y juega libremente con ellas, entre almohadones y alfombras; cuerpos, colores y olores de otros tiempos y voces de otra geografía. Me arrimo más y entre ellas me parece ver a Esther, a Eva, A Ruth, que salen de sus marcos, arrancando los suaves relieves de espuma de nylon del chapadour dónde yo las incrusté, con sus trajes de gazas, tules, panas y sus sonrisas de acrílico, para estar también ellas, libres en la noche.

Se nos acercan dos personajes que creo conocer de otra historia. Son Calac y Polanco (¿o tal vez son él mismo?) para recriminarle su “no método” pero Cortázar insiste que no acepta otro orden que las afinidades, otra cronología que la del corazón, ni otro horario que los encuentros a deshora. Menos mal, pienso, porque si no fuera así cómo hubiéramos podido estar hablando ahora?

Y me muestra sus poemas de bolsillo, de café, de aviones, de hoteles. Son sus tangos del exilio que “rehusó hundirse en la nostalgia de la tierra lejana”. Leemos juntos “Malevaje” y “La Mufa” y nos ponemos muy tristes con “Milonga” que cantaba el Tata Cedrón y me dice: “cuando escribí este poema todavía me quedaban amigos en mi tierra, después los mataron. Se perdieron en un silencio burocrático o jubilatorio. Se fueron silenciosos a vivir a Canadá o Suecia, o están desaparecidos y sus nombres son apenas nombres en la interminable lista. Los dos últimos versos del poema están limados por el presente. Ya ni siquiera puedo imaginarme las voces de mis amigos hablando con otras gentes, ojalá fuera así. ¿Pero de qué estarán hablando, si hablan?”

Calac y Polanca se alejan conmovidos y yo me quedo un rato más con Cortázar porque comienza a hablar de Donatello, de los azules de Piero y los pardos de Masaccio a quien conoció en la calle con un trébol en la boca y yo me animo a contarle que conocí a Dostoievsky cuando caminaba del brazo de Rascolnikov y también a El Extraño, personaje de Camus.

_ Fue un gusto conocerlo personalmente…
_ Gracias por todo…
_ Nos encontraremos muy pronto otra vez.

Raquel Partnoy

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