Por las librerías

Siempre he discutido con los estantes de las librerías. Siempre, desde que comencé el primer empleo en el centro de mi ciudad, Rosario, y a la salida recorría la calle Córdoba para entrar en las librerías. Un día entré a una de ellas para buscar una novela interesante y al alcance de mis bolsillos;a los catorce años mi presupuesto no me permitía hacer grandes inversiones. Luego de recorrer por un largo rato y mirar aquellos altos y repletos estantes de madera, tan impresionantes para mí como un exótico país desconocido, y ver los precios, exclamé casi sin darme cuenta ¡Esto es imposible! Fue entonces que alguien me preguntó  “¿Qué te pasa?” Pensé que sería algun empleado pero al darme vuelta no ví persona alguna, de todas maneras  y sea quien fuere, lo encaré con rabia contenida ¿Porqué son todos estos libros tan caros? De inmediato recibí la respuesta en un tono medio despectivo “Mirá piba, si querés libros baratos buscá en esa mesa que está allí, en aquel rincón”.

Caminé hacia el fondo del negocio donde un cartel sobre la larga mesa de libros anunciaba en grandes letras rojas $1. La mayoría de los tomos eran de las ediciones TOR, quedé fascinada. ¡Tan baratos y tanta riqueza junta! Allí me encontré con colecciones enteras de clásicos universales traducidos al español. ¡Tenía un montón de novelas para elegir! Pronto podría comenzar a formar mi biblioteca personal. Compré un par de libros, volví a pasar por los estantes para ver si escuchaba algo y salí a la calle. Mientras caminaba por la concurrida Córdoba me preguntaba ¿ Hablarán los estantes? Y me pareció natural pensar que con tantas palabras depositadas en ellos no sería algo extraño.

Con el tiempo comprobé que no me equivocaba. Cuando comencé a escribir un ensayo sobre las mujeres artistas argentinas entré a buscar material en las más importantes librerías de Buenos Aires. Busqué y busqué en los estantes de arte de muchos lugares pero sólo podía ver libros sobre hombres artistas. Y sobre la mujer ¿dónde diablos estaban? pensé, o dije, ya con bastante rabia. En ese momento escuché nuevamente y esta vez era una definida voz de varón que me decía, con bastante sorna ” Che, esos libros que buscás no existen, las mujeres no pintan”. ¿Qué me estás diciendo, cómo que las mujeres no pintan? exclamé indignada y me fui. Ya en mi casa tuve que buscar el material que necesitaba en los numerosos catálogos de exposiciones de mujeres que había visitado y en revistas de arte donde las anunciaban y que guardaba en mi archivo.

Ya viviendo en los Estados Unidos y en una visita a Buenos Aires fui a recorrer librerías, lo cual ya considero un vicio. Esta vez con la intención de buscar libros sobre testimonios de sobrevivientes del genocidio argentino,  o de madres de hijos asesinados durante la dictadura militar. Transcurrida más de una década desde el retorno a la democracia, yo había empezado a pintar y a escribir un ensayo sobre mis propias vivencias durante esa época. Luego de mucho caminar comencé a sentirme defraudada ya que sólo en una librería encontré un par de libros que supuestamente hablaban de esa época pero con muchas omisiones. Ningún testimonio a la vista. ¿Qué está pasando? Pregunté con bronca frente al estante y esta vez esperando una respuesta. No tardó en hacerse oir “¿ Y qué querés, che? Esos libros no son comerciales ¿Quién te parece a vos que los va a leer?”. Pienso que habrá escuchado lo que indignada le respondí, y se merecía, cuando de inmediato salí a la calle.

De regreso, encontré el material que necesitaba publicado por primera vez en los Estados Unidos y, por supuesto, en inglés.  Hace poco en uno de mis viajes a Argentina noté que las librerías  tenían más libros referidos a la dictadura militar. Estaba parada al lado de un estante mirando algunos cuando escuché que me decían “¿Viste? Acá están los libros que tanto buscabas”.  Volví a mirar el estante y vi testimonios de sobrevivientes del genocidio tomados de sus manuscritos originales, algunos publicados primero en el exterior, leí también sus fechas de publicación. ¡Qué gracia – le respondí,  han tenido que pasar casi treinta años para que me muestres estos libros!

Por la recesión muchas librerías han cerrado sus puertas últimamente, entre ellas mi librería favorita, a dos cuadras de mi casa en Dupont Circle. Con gran pena miré su cartel en la puerta al pasar, espié adentro antes de que taparan los vidrios exteriores con papeles, allí estaban los estantes, vacíos y desolados. ¡Qué tristeza! Creo que he empezado a reconciliarme con ellos.

Raquel Partnoy, febrero de 2010

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Un pensamiento en “Por las librerías

  1. Alicia Partnoy dice:

    qué lindo. y pensar que yo después siempre me beneficié de esas aventuras tuyas por las librerías…los estantes de casa eran nuestros amigos, nunca me tuve que pelear con ellos

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