Se llamaba Ramona

                   Mi  escuela – Floriano Zapata, Rosario, Argentina                                                                                                                                         

Hay recuerdos que quedan grabados a golpe de cincel no sólo en la memoria sino también en la piel y hasta en el cuero cabelludo.  Y allí permanecen, dibujados con trazos profundos para que cada tanto podamos sentir las mismas sensaciones que sentimos cuando fueron insertados. 

Las calles todavía eran de tierra en el barrio Bella Vista de un Rosario poblado de inmigrantes allá por los años 40. La mayoría de ellos eran italianos y españoles que habían llegado a Argentina escapando de la guerra, buscando nuevos horizontes y con ansias de trabajar duro en oficios en los que ya tenían experiencia. También vivían en el barrio unos pocos inmigrantes judíos, algunos de ellos eran familiares nuestros que, al igual que mis padres, habían arribado al país siendo adolescentes. LLegaron con sus familias desde Europa del Este en las primeras décadas de 1900 huyendo de la discriminación y persecución del Zar en contra del pueblo judío.

Mis padres tenían un almacén y en un rincón del mismo había un pequeño escritorio que mi papá utilizaba para llevar su contabilidad. Aún no iba a la escuela y recuerdo que a veces me sentaba en sus rodillas cuando leía en el diario local las noticias sobre la segunda guerra mundial. En la primer hoja, extendida sobre el escritorio, yo veía las letras de los titulares, que me parecían inmensas, y los mapas donde se indicaban los lugares donde se desarrollaban los hechos. Cuando mi papá leía y aunque aún nada se publicaba respecto al genocidio del pueblo judío, yo notaba que su mirada se llenaba de tristeza tal vez recordando a los familiares que habían quedado en su tierra natal. Con las letras de esos titulares aprendí a leer, ya que él me las enseñaba y luego yo las recortaba y armaba nuevas palabras.

Más tarde, muy contenta, asistí a mi primer día de escuela. Mi madre me acompañó solamente ese día. Por aquel entonces debido al poco tránsito no había peligro alguno en que caminara sola las cuatro o cinco cuadras que distaban hasta la escuela. En ella conocí nuevos amiguitos pero no estaban los que habitualmente jugaba y con los cuales compartía juegos infantiles en nuestras casas o en la calle. Pero allí estaba esa nena, de ojos saltones, largos bucles  y “cara de lechuza” que yo conocía porque vivía a la vuelta de mi casa y recorríamos el mismo camino, aunque nunca juntas, a la hora de salida. Se llamaba Ramona.

Como palomas en nuestros blancos guardapolvos volábamos por la ancha y arbolada avenida Godoy para volver rápido a nuestras casas, hacer los deberes y reintegrarnos a nuestros juegos. Pero mi vuelo se interrumpía muchas veces cuando escuchaba a Ramona que me gritaba a toda voz ¡rusa!* Yo me paraba enardecida y luego, cuando oía en tono más provocativo ¡rusa de mierda! ahí sí, me avalanzaba hacia ella y empezábamos a pegarnos, a tirarnos de los cabellos y a rasguñarnos hasta caernos al suelo exhaustas. Luego yo me levantaba, seguía mi camino por las calles ya desiertas de chicos y llegaba a mi casa tarde y con el guardapolvo que mi mamá siempre almidonaba y planchaba con tanto esmero hecho una piltrafa. Ella nunca me recriminaba, me miraba en silencio y me enviaba a tomar mi merienda.

Con el tiempo entendí esos silencios. Sin duda mis dos hermanos que eran mayores que yo, y también mis padres, sentían la discriminación como la sentí yo por primera vez en aquellos años. Ya los conocidos diarios fascistas Pampero, La Epoca y otras publicaciones, los textos escolares La Tierra y La Argentina con enseñanzas antisemitas, obras de teatro donde se ridiculizaba al inmigrante, se encargarían de fomentar la discriminación en Argentina en contra de los judíos.

Raquel Partnoy, Octubre 2011

*Debido a que la mayor cantidad de inmigrantes judíos que arribaron al puerto de Buenos Aires provenían de Rusia, los términos judío y ruso llegaron a ser sinónimos en Argentina.

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